La teoría de la elección pública tiene un límite claro (que admiten sus propios teóricos; por ejemplo, Pizzarno): los límites de la racionalidad, tanto estratégica como paramétrica. Si la conducta de un individuo no responde a criterios racionales, maximizadores de utilidad y minimizadores de costes, queda excluida de la explicación, por transgredirla. Sin embargo, a una teoría que pretenda explicar toda y cada una de las acciones humanas –explicar los motores básicos que impulsan a la acción- debemos exigirle un poco más. No es serio que cuando una conducta no cuadre se opte por excluirla del modelo por “marginal”. La Escuela Austríaca (EA) lidia mucho mejor con esta problemática pero, como ahora comentaré, no se libra del todo de ella, especialmente por el caso particular de los límites de la acción racional que es la nebulosa definición de las identidades. Por un motivo: lo racional afecta a la coherencia o incoherencia consciente entre fines y medios, no al contenido.
¿Por qué situamos el límite de la Public Choice (PC) en la frontera de la racionalidad? Primero habrá que definir qué es la racionalidad; precisamente porque la racionalidad a la que apela la EA es diferente a la de la PC, aquélla soluciona el problema mejor que ésta. La PC considera que una conducta es racional en tanto que se maximice la utilidad y se minimicen los costes, como ya he comentado. Esta definición es un poco restrictiva porque presupone un cierto razonamiento matemático (aunque sea implícito e incluso intuitivo, hay que restar costes a utilidad, lo cual es un esfuerzo prescindible y, como condición teórica, está metida con calzador, por mucho que se pretenda que es un toque científico). En realidad, cuando se plantean los axiomas de la conducta racional, se establece que ésta se basa en unas preferencias jerarquizadas y no contradictorias. Este punto de partida coincide con el de la EA y, de hecho, subyace claramente un razonamiento ordinal, en el que la unidad de medida de la utilidad es completamente íntima y subjetiva. El problema es que cuando se aplica este presupuesto al “cálculo” de la utilidad, como es natural, el razonamiento se vuelve cardinal, y se establece, por comodidad, que la unidad de medida sea el dinero. Cuando de repente aparece un extraño individuo que no sólo no razona cardinalmente sino que además su forma de medir su utilidad es indeterminada y etérea y la utilidad a la que se refiere no es la suya propia sino la del prójimo (individuos “kantianos” como los llama Ludolfo Paramio), la teoría de la PC no puede más que sorprenderse y cambiar de tema…
Esta laguna la cubre la EA con facilidad: el contenido de la utilidad (la “dirección” si se quiere: tanto si el criterio es uno mismo como si son los demás) es absolutamente irrelevante, en el mismo sentido en que lo es también la unidad de medida (porque ésta puede existir o no existir, ser fija o ser variable, ser caprichosa o estar definida, etc.). Lo único relevante es la jerarquía de preferencias, de fines y de medios para alcanzar fines. Ni siquiera es imprescindible que entre sí sean coherentes, porque primero se pretenderá realizar una y luego otra (y si una ya está realizada, no cuenta como preferencia, por lo que la que antes era la segunda ahora pasa a ser la primera y no hay contradicción posible: hay relevo en la jerarquía). Por eso el ejemplo del individuo “kantiano” no nos da ningún quebradero de cabeza: tan “racional” será la conducta de un individuo cuya preferencia primera sea “la lucha por el respecto al medio ambiente” como la de un individuo que sienta predilección, más bien, por “los descapotables azules”.
Ahora bien: sí existe la conducta irracional. Ésta es independiente del contenido de los fines y medios subjetivos; donde pongo el acento es en la relación de los unos con los otros. Si un individuo que persigue el fin X decide hacerlo mediante Y y, sin embargo, no consigue finalmente X, no es porque sea irracional o contradictorio sino porque se ha equivocado (ha sobreestimado la efectividad de Y o lo ha utilizado mal, por desconocimiento).
La conducta irracional es, por el contrario, la contradictoria: o bien dos fines se contradicen entre sí y se suceden continuamente porque son igualmente valorados (“te quiero y te odio”), o bien el individuo, aún conociendo la poca efectividad del medio Y respecto a su fin X, recurre a Y. Este problema no se puede eliminar, y afecta tanto a la PC como a la EA. La gracia está en que, para la EA, éste es un proceso psicológico interno, en el cual nadie debe intervenir, mientras que para otras corrientes (no me atrevo a acusar a la PC porque realmente no han propuesto esta solución explícitamente; la EA se ha adelantado al argumento) esta contradicción, si es percibida desde fuera de donde se produce (el sujeto mismo), puede cancelarse mediante la intervención racional. Es aquello de “ser libre hasta para ser tonto” o, en el bando contrario, “vamos a ilustrar a los ignorantes para que sean libres”.
Ahora que voy a plantear la problemática de la identidad, tengo que insistir en que ésta nada tiene que ver con la libertad; sí con la influencia y la socialización.
Hay momentos en la vida de determinados individuos –que no podemos excluir del modelo porque sería hacer trampa- en que no existe una jerarquía de preferencias. Lo normal es que sí haya una, pero tan general y abstracta que no abarca las decisiones a corto y medio plazo: son las crisis de identidad. Lo cierto es que cada vez que compartimos opiniones con amigos o conocidos, si nos convencen, nuestra identidad varía. Evolucionamos cada día, y cada día introducimos matices en nuestros esquemas mentales. Normalmente estas variaciones no desestabilizan la jerarquía habitual y general de preferencias, pero supongamos que esto sucede. Entonces habrá que cambiar el ejemplo, porque una conversación normalmente no le cambia el sistema de valores a nadie; refirámonos mejor a lo que Pizzorno llama “reductio ad Amazoniam”: supongamos que un individuo viaja en un avión que se estrella en medio de la selva. Su sistema de preferencias da un vuelco de ciento ochenta grados: no sólo tendrá que sobrevivir sino que, además, una vez encuentre una pequeña sociedad de nativos, tendrá que integrarse en ella. ¿En base a qué valores? En base a… ningún valor en concreto, porque no sabe nada de la selva, no sabe qué hacer ni para qué: cree que va a morir y se queda agazapado. Luego se mueve, por hacer algo; luego encuentra a los indígenas y los imita. Cuando hay una pérdida de identidad (esto es un caso extremo, pero a menor escala los hay a montones, y sí tienen importancia teórica aunque normalmente se desprecien), el individuo no actúa en base a unas preferencias sino que actúa para establecer sus preferencias. Es decir, construye su identidad actuando, como siempre, pero partiendo de nada (con la volatilidad que ello implica).
El razonamiento ya no sería ordinal: habría una preferencia que, una vez satisfecha, generaría otra, y así lineal y sucesivamente. La preferencia siguiente se deriva de la anterior o del entorno. Esto no altera la validez del presupuesto austríaco pero sí puede alterar su enunciación (nótese que el hecho de que haya diferentes formas de construcción de los valores no niega su esencial subjetividad, aunque sí matiza la relación entre fines y medios porque puede no haber plural). Cuando haya preferencias, lo fundamental será la jerarquía; pero cuando no haya nada o sólo una preferencia, el individuo no percibirá tan bien la importancia de hallar buenas correlaciones entre fines y medios y, por tanto, el curso de su acción (no el contenido necesariamente) no se diseñará en base a criterios racionales. Tal vez se diseñe caprichosamente, o por observación (influencia y socialización como adelantaba antes). No quiero decir que cuando no haya crisis de identidad no habrá influencia del entorno, sino que lo que sin crisis de identidad es sólo un factor más de la construcción de las preferencias, con crisis lo es todo (y no son entornos variables sino uno sólo e inmediato). Esto es de algún modo equivalente a decir que tanto menos pesará el entorno nuevo cuanto menos profunda sea la crisis.
Como era previsible, ya hay quien ha manipulado esta problemática y ha proclamado que los publicistas “se aprovechan” de las crisis de identidad para “imponer” la moda. Esta torticera maniobra es demasiado obscena como para tomarla en serio… Siempre que alguien trata de enriquecer las teorías de la formación de identidades y pirámides de preferencias (más allá de la vacía –por obvia- “experiencia+socialización=valores=predisposiciones” de los teóricos de la cultura política), surge algún listillo que mete el tema de libertad, el marketing y los malvados capitalistas “que eligen lo que consumimos y lo que no”. Esta última afirmación, por cierto, es una de las más patéticas que he oído sobre el capitalismo, y está más que refutada.
En conclusión: la EA está más capacitada que la PC (y evidentemente mucho más que otras corrientes; si no las trato aquí es porque es demasiado obvio; tómese como ejemplo la construcción de la identidad según Marx, que no puede ser más vergonzosa) a la hora de definir la subjetividad de los motores de la acción, sin perjuicio de definir las construcciones. No obstante, no hay que huir de las matizaciones, porque esas matizaciones, aunque queden menos elegantes en una teoría general, pueden salvarnos de excluir, por oportunismo, casos que existen y que tienen que ser teorizados como cualquier otro.

