¿Cómo crecen los países que crecen, y cómo no crecen los países que no crecen?
En las próximas semanas abordaré el eterno debate del crecimiento económico. Mi bibliografía recomendada es, fundamentalmente: (1) las partes cuarta, quinta y sexta de La Acción Humana de Ludwig von Mises, para la teoría económica que más me convence, y (2) el fabuloso repaso del profesor de Economía de la Universidad de Nueva York (y ex Senior Advisor del Banco Mundial) William Easterly, para los datos empíricos, para la contextualización del debate a lo largo del s.XX y para dar también la versión de la economía neoclásica. También me basaré (3) en lo aprendido con el profesor Antonio Cubil (cuyas clases recomiendo por su gran capacidad docente, conocimiento y honestidad intelectual).
Antes que nada, unas aclaraciones metodológicas:
-¿Por qué hablamos de países, y no de individuos?
Simplemente, es una manera de facilitar el contraste o el apoyo empírico. No tiene nada de particular: las unidades objeto de estudio siempre son, en el fondo, una decisión que se basa en el criterio de conveniencia: conveniencia en el tratamiento de los datos. Seguramente, cuanto más cercana esté la unidad de análisis al individuo, más realista será el estudio (por eso, lo ideal sería disponer de datos por regiones “económicas”, no políticas). Pero lamentablemente esto no es posible. De ahí que sea absolutamente necesario ser prudentes con los datos empíricos, y tener, siempre, una teoría económica subyacente capaz de explicar incluso las paradojas. Para ello también hay que controlar perfectamente el proceso de obtención de datos (en el método cuantitativo) y su tratamiento estadístico: hay que saber lo que es el error, los niveles de confianza, los tipos de poblaciones y todos los problemas asociados al trabajo de campo y a los errores de no respuesta, sin olvidar las deficiencias de las “definiciones” macroeconómicas; en definitiva, no hay que olvidar nunca los graves límites, ya no sólo de la inducción, sino de la falsabilidad empírica en general y de la manipulación estadística.
-¿Por qué hablamos de crecimiento económico, y no de creación de riqueza?
De nuevo, es una convención. La riqueza es una noción que han conceptualizado perfectamente los
economistas austríacos, pero como se basa en utilidades subjetivas y éstas no se pueden medir en tanto que no existe ni existirá nunca ninguna medida intersubjetiva del valor, no ha triunfado más allá de su propio círculo. Y es que a los economistas neoclásicos les gusta mucho medir y matematizar. En realidad,
los cálculos del PIB y la vinculación del crecimiento económico (dato monetario y objetivo, aunque el proceso de su obtención y la validez de su concepto sean problemáticos) con el bienestar (autopercepción subjetiva) es endeble (a pesar de la ligazón estricta que establece la teoría económica neoclásica: como aumenta el ingreso, aumenta el consumo y aumenta el bienestar; la vinculación de bienestar y consumo resultante es de una simplificación obscena, que se olvida del ahorro –la preferencia temporal-, y de la diversificación del consumo –desplome de los bienes inferiores, etc.-). No obstante, es lo único que tenemos si lo que queremos es una “ilustración” del análisis económico.
Han surgido varias
respuestas a esta insuficiencia del crecimiento económico como factor descriptivo del bienestar: tal es el caso del polémico
Índice de Desarrollo Humano del PNUD, de las encuestas de “autoposicionamiento” o “autoevaluación” (basadas en escalas de gradiente en un continuo ordinal limitado), o del
Índice Económico de Bienestar Sostenible. Pero estos índices también son insuficientes; está en la propia definición de “índice”: un índice se basa en una relación de “indicidad”, que es en esencia “probabilidad” de que el concepto haya sido operacionalizado bien (y, por muy bien que esté operacionalizado, siempre subsistirá el error sistemático, producto de dividir el concepto en dimensiones y éstas en variables).
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“El fetiche de la inversión financiada con la ayuda nos ha extraviado en nuestra búsqueda del crecimiento durante cincuenta años. (…) Dar ayuda en función del déficit financiero crea incentivos perversos para el receptor, tal como se reconoció largo tiempo atrás.”
W. EASTERLY
“La idea de capital sólo tiene sentido en la economía de mercado.”
L. VON MISES
“No sólo los tecnócratas, sino también los socialistas de todos los colores, reiteran una y otra vez que es precisamente la enorme cantidad de riqueza acumulada lo que ha de permitir la realización de sus ambiciosos proyectos. Pero al mismo tiempo pasan por alto que una gran proporción de tales riquezas se concretó ya en específicos bienes de capital producidos en el pasado y que hoy resultan más o menos anticuados (…). Opinan que la actividad productiva debe íntegra y exclusivamente dedicarse a la radical transformación del aparato industrial para que las generaciones futuras puedan disfrutar de un más alto nivel de vida. Sus contemporáneos son una pobre generación perdida, cuya única misión consiste en sufrir y trabajar para la mayor gloria y bienestar de seres aún no nacidos. Pero los hombres reales son distintos. No pretenden sólo crear un mundo mejor para sus bisnietos; también ellos quisieran disfrutar de la vida.”
L. VON MISES
Hechas estas matizaciones, empezaré por la
teoría de la ayuda externa.
La exigencia de la ayuda externa se basa en dos ideas: la primera, la insuficiencia de la financiación privada; la segunda, la consecuente necesidad de que sean los Estados los que recauden y transfieran esa ayuda externa. Sus defensores creen tanto en la eficacia de la medida (“un primer paso para acabar con la pobreza”) como en su ética (se entiende que sería una manera de compensar a “los históricamente explotados”). Esta idea se defiende desde los más diversos foros y con las variantes más curiosas, e incluso, desde los escenarios musicales… Dicen en el apartado “Quiénes somos” los de la Plataforma 0’7%:
“(Pedimos) el cumplimiento de la resolución de la ONU (1970) de destinar el 0'7% del PIB al desarrollo humano sostenible de los países empobrecidos. Aún cuando entendemos que sólo es un primer paso, no es una concesión de los países ricos, sino una restitución, insuficiente, éticamente obligada, porque es un derecho básico de todos los pueblos de la Tierra.”
Al margen de que “éticamente” esta exigencia es de lo más discutible que se ha propuesto políticamente en las últimas décadas, y al margen de la escalofriante problemática de la recaudación, haremos mejor en fijarnos en lo que serían –y fueron: pues esta medida fue aplicada, aunque de forma ligeramente diferente- sus efectos: o más bien su trayectoria, sus insignificantes –pero tan costosas- huellas.
El origen de la teoría se halla en el modelo que presentó Evsey Domar en 1946 (y en un artículo precursor de Roy Harrod de 1936): el llamado modelo Harrod-Domar o enfoque del déficit financiero.
Según este modelo, el crecimiento se halla matemáticamente ligado al stock de maquinaria, de tal manera que puede calcularse, para un determinado ritmo de crecimiento, un determinado nivel de inversión. La relación entre crecimiento e inversión puede ser conservadora (una unidad de inversión repercute en una unidad de crecimiento) o “alegre” (una unidad de inversión aumenta en más de una unidad el crecimiento de la producción).
De todo esto se deduce que existe (¡existe como ente, en el mundo platónico de las ideas que viven…!) una inversión requerida para un determinado crecimiento deseado. Obviamente, esta inversión requerida necesita un ahorro previo, que los países pobres no poseen: se denomina “déficit financiero” a la diferencia entre la inversión requerida y el ahorro existente. Es el déficit financiero el que debe cubrir la ayuda externa.
Esta teoría se vio reforzada por la teorización de Arthur Lewis. Hay que tener en cuenta el contexto histórico. Easterly, sumamente crítico con todo este modelo que él mismo –confiesa- sostuvo, indica:
“Quiso la mala suerte de los países pobres que la primera generación de expertos del desarrollo estuviese influenciada por dos eventos históricos simultáneos: la Gran Depresión y la industrialización de la Unión Soviética”.
Recordemos que de la Gran Depresión salió triunfante Keynes, con su bonita teoría del multiplicador bajo el brazo, y que la industrialización de la Unión Soviética (aunque más tarde todos admitieron su fracaso, porque –esta vez sí, sin ningún tipo de duda- fue insuficiente, sesgada y no se tradujo en aumentos del bienestar sino que desembocó en estrangulamientos) se basa en la “canalización forzosa del ahorro privado” o, dicho con otras palabras, en la centralización. Señala Easterly que, sorprendentemente, muchos economistas americanos (en Foreign Affairs), sugirieron que a pesar de los déficits en libertades políticas, los soviéticos eran superiores en capacidad productiva… “por las ventajas de la centralización”.
¿Qué sentido tiene esta comparación? Ninguno. Explícitamente desvinculaban “libertades políticas” (y de todo tipo) de “capacidad productiva”. He aquí el fallo de la economía neoclásica, antes y ahora, y especialmente desde Keynes y su Eficiencia Marginal del Capital (relación entre el rendimiento probable del capital y su coste), oscura y terrorífica para el inversor individual, pero no para el político: su menosprecio de la libertad individual (que no es otra cosa que incentivos).
Sigamos con Arthur Lewis. Lewis aportó al modelo Harrod-Domar el matiz de que la oferta de trabajo para la industria sería “ilimitada”. Este es el modelo que se ha utilizado para explicar, entre otros casos, el crecimiento en la España de los sesenta (creo recordar que son Nadal y Palafox los que la utilizan), y ello a pesar de las muchas críticas que ha suscitado por el corolario más célebre de sus matices: la teoría del “paro encubierto”. Así, las economías atrasadas crecerían del siguiente modo:
Suponiendo (1) que la relación entre el crecimiento del PIB y el porcentaje de éste que se dedica a la inversión es proporcional y positiva, y suponiendo (2) que la agricultura es el sector predominante (por volumen de producción pero sobre todo por volumen de empleo), lo que sucede es que, como en realidad en el sector de la agricultura, por tratarse de economías familiares en las que no importa la productividad marginal del trabajo (que es igual o cercana a cero) y en las que no importa el salario (que es igual o menor al salario de subsistencia), sobra gente, se produce un transferencia de mano de obra desde la agricultura hacia la industria: y ello sin que varíe en absoluto el producto agrario.
Esta última suposición es muy difícil de asumir (ya que implica que hay trabajadores que no producen nada); por ello la teoría se revisó en el sentido de explicar que, más que “trabajadores excedentarios” (gente que sobra), hay
“trabajo excedente” (por la estacionalidad de la mayoría de las tareas agrícolas).
En definitiva, el modelo de Arthur Lewis venía a sofisticar el modelo Harrod-Domar: si lo necesario es la inversión (para el desarrollo de la industria) y lo que falta es ahorro doméstico, lo urgente será la transferencia de ahorro extranjero.
Ahora bien: ¿cómo conseguir esa transferencia? Bajo mi punto de vista, esta es la cuestión más interesante y relevante: ¿por qué esa transferencia de ahorro no es voluntaria y con contrapartida, esto es, porque no se generalizan los préstamos? Precisamente es esta ausencia la que causa que lo que al principio era un concepto genérico, “asistencia financiera”, acabara en un concepto de lo más concreto, “ayuda financiera”.
La respuesta se halla, en mi opinión, nada más y nada menos que en la seguridad jurídica. Lo que buscan los flujos internacionales de capital es seguridad jurídica, tanto en las instituciones interiores del país del prestatario como en las condiciones monetarias. Si el sistema monetario del prestatario es penoso, como el del franquismo español de la sobrevaloración de la peseta y los cambios múltiples, el capital internacional tiende a espantarse y a intentar colarse, allí donde hay posibilidades de expansión, de otras maneras: por ejemplo mediante la construcción de plantas, si no de producción, al menos de montaje. Pero esto no es siempre posible: las instituciones de los países atrasados suelen ser corruptas, nulas en teoría económica, ingenieriles y, a menudo, simplemente dictatoriales.
Es justamente la ausencia de instituciones convenientes (otro debate es, por supuesto, cuáles son esas instituciones convenientes; para mí lo son la propiedad privada y la igualdad ante la ley) la que provoca que las economías de los países converjan por grupos y no de manera absoluta: la cultura política es fundamental.
Si hubiera seguridad jurídica, podrían generalizarse los préstamos, y no tendríamos por qué apelar a la ayuda desinteresada, que en realidad es una manera de salirse por la tangente, de parchear, de no afrontar la construcción de esta seguridad jurídica.
De este modo, la respuesta que se le dio en su momento al problema de cómo persuadir a los países desarrollados de ayudar a los subdesarrollados no tuvo nada que ver con la que he planteado: W.W.Rostow (cuya famosísima obra “Etapas del crecimiento” tiene por subtítulo “Un manifiesto no comunista”) la fundamentó en el miedo a la expansión soviética: mientras que los soviéticos “solucionaban” esa falta de ahorro coactivamente, a la fuerza, extrayéndolo incluso de la parte de la renta que los individuos destinaban al consumo, los occidentales deberían lidiar con la falta de ahorro más bien mediante la ayuda “desinteresada”, que se planteó que fuera condicionada a la implantación de un sistema institucional más o menos democrático y de libre mercado.
El siguiente paso en la construcción de esta curiosa teoría de la ayuda internacional lo encontramos en la revisión del modelo standard mínimo de 1971: tras diversas pruebas que ya sugerían que la teoría era a todas luces incorrecta, en vez de cambiarla, se procedió a matizarla. La inversión ya no era la clave del crecimiento sino “una condición necesaria pero no suficiente”. Y es que, además, hacía falta que los países subdesarrollados fueran desplegando, progresivamente, una tasa de ahorro suficiente, que desde luego no consiguieron.
Easterly ofrece algunos datos del estrepitoso fracaso:
-Entre 1980 y 1990 el PIB de Guyana cayó abruptamente, mientras que la inversión aumentó del 30% al 42% del PIB y la ayuda extranjera era cada año el 8% del PIB.
-En un estudio de 88 países, sólo 17 mostraron una relación positiva entre ayuda e inversión. De entre estos 17, sólo 6 mostraron una relación positiva entre ayuda e inversión “de uno a uno” (recordemos: la visión conservadora). De entre estos 6, 2 países obtenían cantidades insignificantes de ayuda: Hong Kong (0’07% del PIB entre 1965-1995) y China (0’2%). Los otros cuatro eran Túnez, Marruecos, Malta y Sri Lanka.
¿Las razones? Son simples, cristalinas: ¿por qué exactamente se había supuesto que los individuos pobres, al obtener una mayor renta, iban a empezar a invertir? Lo que sucedió es que compraron más bienes de consumo, simplemente.
Dice Easterly: “¿Cuánta ayuda e inversión se requieren para lograr un objetivo de crecimiento? Un informe del Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo (BERD) observa habilidosamente en 1995 que éstas son preguntas propias de planificadores centrales –y luego procede a contestarlas. (…) Así se cierra este círculo de ironías. Las economías comunistas inspiraron el enfoque del déficit financiero, la guerra fría inspiró llenar el déficit con ayuda económica, y ahora las economías capitalistas procuraban llenar el déficit financiero delos anteriores países comunistas.”
-Y he aquí el ejemplo más claro y sangrante de este desperdicio de recursos, tiempo y vidas. Esto sí que son “vidas desperdiciadas”, y no las de Zygmunt Bauman: Zambia, 1960-1993.
La curva creciente es el ingreso per cápita proyectado según el modelo del déficit financiero; parte en 1960 de 1.000 dólares de 1985, y termina en 1993 en 20.000 dólares de 1985. Esta triste línea discontinua, que vaga a ras del eje, de los 500 dólares, es el ingreso real, el observado. Parte en 1960 de 1.000 dólares y acaba en 1993 con 500 dólares de 1985.
La ayuda externa no funciona. Funciona, en todo caso, como premio de consolación: ¡ah, pero yo aporté mi granito de arena, yo di dinero… si no funciona, es que hace falta más gente como yo, generosa! Y si no funciona, no es que un académico se enfade porque su teoría no vale para nada; pasa que la gente se muere de hambre.
No, ya es hora de enterrar esa falacia según la cual la eficiencia de un proyecto depende de la cantidad de dinero que invertamos en él.
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